«Digo mujer», erotismo y fraternidad





Por: Linda María Ordóñez



La poesía de Roberto Sosa plantea una evolución conforme al programa ético de su memoria personal, en cuya base descansa la condición de víctima confinada al universo fragmentado donde opera un sistema inicuo que no da lugar a la conciliación interior del individuo, en tanto ser sensible al dolor del otro. De ahí que el sujeto lírico, portador de un lenguaje incisivo y preciso, busque constantemente la integración a la sociedad a través de la exploración del sufrimiento ajeno, a fin de encontrar empatías que lo ubiquen en las antípodas del poder fáctico y los estatutos que rigen un orden social injusto.


La fidelidad a sus principios éticos está aunada a sus principios estéticos: un equilibrio entre forma, contenido y conducta. Así, en Caligramas, Muros y Mar interior, se puede observar la formación de la conciencia crítica en términos personales y artísticos. En Los pobres y Un mundo para todos dividido alcanza su expresión más depurada, carente de retórica y empleo de «oscuridad» en el lenguaje, aunque busca siempre crear representaciones sugerentes, imágenes surrealistas, que encuentran significados por la asociación «subconsciente» de elementos negativos que aluden a temáticas universales como la muerte, el dolor, la frustración o la injusticia.


La obra poética de Roberto Sosa alcanza la universalidad gracias al manejo de escasos referentes geográficos, que permiten centrar la lectura en el drama que el poeta observa desde fuera o como partícipe del contexto.


Sin embargo, con Secreto militar se aleja del canon estético de su poética hacia la búsqueda de una poesía «más comprometida» con su realidad sociopolítica, lo cual permite, por un lado, la integración radical del sujeto como ser activo que confronta la infamia histórica de la clase dominante, pero, por otro lado, da lugar al discurso acusador y emotivo, antes que al sugerente.


En el Llanto de las cosas y Digo mujer, la voz poética es madura, irónica, sugestiva, de tonalidad serena y mirada contemplativa. En ambos libros la poesía de Sosa es más íntima, no hay una preocupación social deliberada, sino implícita. Autobiográfico, revisionista, como si buscara sopesar acciones, hechos, recuerdos: no existe desilusión, pues el individuo ha encontrado como agente de cambio su propia condición de ser humano a través de su universo poético, desde donde es posible construir con todas sus canciones «un puente interminable hacia la dignidad».


En 1986, Sosa publicó Máscara suelta, libro compuesto de veintitrés poemas de temática amorosa que dieciocho años más tarde se reeditaría, en una versión ampliada y sometida a una rigurosa reescritura, bajo el título Digo mujer (2004). Algunos de los textos que completan el poemario pertenecen originalmente a libros de previa publicación a Máscara suelta (véase «Submarina» en Caligramas; «Naufragio» en Mar interior; «Belleza perfecta», «Vespertina» y «Adiós marino» en su Antología personal de 1998), pero encajan aquí por el afán de sensualizar atmósferas y emociones en versos de cuidada factura que rinden homenaje a la figura femenina.


Al igual que en Mar interior y El llanto de las cosas, el agua contiene una carga alegórica ligada a los efectos más intensos del sujeto lírico, solo que en este caso destaca como símbolo esencial de espiritualidad y erotismo. El poeta busca un estadio de ligazón y equilibrio aunado por el goce contemplativo de la imagen femenina, lo cual está siempre emparentado con el motivo marino:

Digo mar y te identifico y me pregunto

qué principio desborda el vaso que te vuelve fraterna

y de dónde procede el flujo y reflujo del agua lejanísima

que hace a tus senos subir y bajar su hermosura.


Lo mismo ocurre con el poema «Estatuaria», ejemplo de una capacidad de síntesis —por demás demostrada en la obra sosiana — y profundidad en la expresión del deseo y la voluntad contemplativa:


Por años, durante siglos,

tu estatua

yo labraría.

Color de mar en tus ojos,

el aire de las palmeras

alrededor de tu pelo.

Para poder encontrarte entre los mármoles

me sangraría las manos.


En los versos de Digo mujer prevalece un discurso sereno como fórmula de tensión entre la fruición y la sensibilidad que dan lugar a giros repentinos —al final de las estrofas o del poema— con los cuales el poeta se adentra en lo que Hernán Antonio Bermúdez llama «la línea del deseo», ese ángulo donde «lo deseante tiende a generar su territorio particular» y «donde lo que importa es urdir un clima sensual». Así lo destaca Jorge Charpentier:


«Serenidad entonces aparente del poeta apasionado, quien a veces finge ser el contemplante sobrio que se mece en la piel de los versos, piel que es apenas contención de los mares interiores […]. De aquí el otro sistema nervioso del poemario, que a mi entender trastorna el título original Digo mujer, por Digo mar».


Al final, ese «trastorno» que menciona Charpentier obedece a la línea temática que ha definido la poesía de Sosa, pues en el fondo las preocupaciones que subyacen en Digo mujer están signadas por un vínculo fraternal, por un sentido de solidaridad y compromiso entre el poeta y sus seres cercanos expresado a través de la intensidad, sencillez y asonancia de un lenguaje poético capaz de trascender el trazo sensualista para convertirlo en «una suerte de óleo […] de la criatura más hermosa y bella que puebla este planeta». De que ahí la aseveración de Sam Hammil sobre esta poesía de Roberto Sosa:


«Su trabajo literario ha sacudido los recursos retóricos dramáticos que han subrayado la marca tradicional de la poesía en idioma español durante cientos de años, y, en vez de permitirse el lujo de ver a la mujer como un objeto, punto de vista usualmente asociado con el verso romántico hispano, logra una poesía erótica en la cual las mujeres participan de la Historia, en la cual la musa y la amante, la madre, a hermana y la hija integran una “compañía absoluta”».*


En el poema «Así de sencillo», el sujeto infiere que la consumación del amor está en la permanencia, en la fidelidad a una causa, en este caso conyugal:


Mujer, la de la mano amiga sobre el hombro

los extremos se tocan, con amor, entre tus dedos.

Juntos recorremos el andado y desandado camino. Y nada

haremos que no sea hermoso.

Entre la oscura oscuridad oscura de los enamorados,

a riesgo de que pueda quebrarse

la unidad que sostiene tu cerrada belleza de niña pobre,

haremos huesos viejos.

Así de sencillo.


El erotismo, el amor, en este caso, buscan siempre la integración del sujeto al mundo de los otros, ya no compartiendo tan sólo el dolor, sino también el indicio de un equilibrio que no se atisbaba en el plano existencial de Los pobres y Un mundo para todos dividido, pero que ya daba visos en el tono elegiaco y reconciliador de El llanto de las cosas. De manera que Sosa encuentra en la mujer, en el amor, su «rosa segura».




*El original está en inglés. La traducción es propia.





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Linda María Ordóñez (Honduras, 1984). Ensayista, investigadora literaria, pianista y profesora universitaria. Licenciada en Arte con Orientación en Música por la Universidad Pedagógica Francisco Morazán y Magíster en Estudios Avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad de Barcelona. Escribe una columna mensual en el portal centroamericano Casi Literal, y ha colaborado en diarios y revistas como Liberoamérica, Letras Libres, El Zángano Tuerto y Contracorriente.



**La imagen de portada es un detalle de la obra «Digo Mujer» del artista hondureño Cristian Gavarrete.